Postales Vivas desde el Corazón del Pacífico

A veces el paraíso no es una metáfora, sino una coordenada en el mapa. Lo descubrí al llegar a Motu Tevairoa, donde el cielo baja a encontrarse con la tierra y el tiempo se disuelve entre el perfume de las flores y el murmullo del mar. Allí, como flotando entre el azul infinito de la laguna y el verde profundo de la selva, me recibió Le Bora Bora, un susurro de autenticidad en medio de la grandeza tropical.

Desde la lancha que me llevó del aeropuerto al hotel, la silueta de Le Bora Bora comenzó a revelarse como un secreto bien guardado. Cabañas que se alzaban sobre el agua como si fueran parte del coral mismo, techos de pandanus trenzado, madera noble que crujía con la brisa y senderos rodeados de hibiscos y tiaré tahití. Cada rincón respira la elegancia discreta de las propiedades Relais & Châteaux, ese sello que promete lo mejor de la hospitalidad, pero con alma, con historia, con raíces.

 

En este paraíso terrenal el lujo está en el agua que canta al rozar la madera del muelle, en la flor que alguien deja cada mañana sobre la cama, en la sonrisa sincera de los locales, los guardianes de un sueño compartido

 

Mi villa con alberca parecía salida de un sueño. Metida entre la tropical vegetación de la isla y con espectacular vista al mar; aquí cada amanecer era un ritual privado entre yo y el monte Otemanu, que se alzaba a lo lejos como un dios antiguo.
Una de las joyas hoteleras de la Polinesia Francesa, Le Bora Bora susurra y seduce. Sus tres restaurantes proponen una travesía de sabores entre el Pacífico y Francia: el pescado fresco que llega directo de la laguna, las frutas que estallan dulzura bajo el sol, los vinos traídos del otro lado del mundo. Una cocina que honra el presente, pero guiada por la herencia culinaria del savoir-faire francés. Las noches en el restaurante, con los pies descalzos sobre la arena y la brisa jugando con las velas, eran poesía en estado líquido.

 

Mi villa con alberca parecía salida de un sueño. Metida entre la tropical vegetación de la isla y con espectacular vista al mar

 

No hay reloj en Bora Bora. Las horas se miden en tonos de azul, en la luz dorada que cae sobre las palmeras, en la pausa entre una zambullida y otra. Me dejé llevar por esa cadencia y me rendí a la inacción, a contemplar.
En este paraíso terrenal el lujo está en el agua que canta al rozar la madera del muelle, en la flor que alguien deja cada mañana sobre la cama, en la sonrisa sincera de los locales, los guardianes de un sueño compartido.
Dicen que ‘Pora Pora’ fue la primera isla nacida del océano, que el dios Taaroa la pescó del fondo del mar con un hilo de estrellas. Hay algo en este lugar que se siente primigenio, algo que toca una parte olvidada del alma. En mi mente siempre Bora Bora siempre será una pequeña eternidad envuelta en brisa marina y perfume de tiaré.

Melanie Beard
Melanie Beard

COLABORADORA EDITORIAL

APASIONADA DEL BUEN VIVIR